**Capítulo 1**
Llevé tres horas preparando esa cena.
Tres horas eligiendo el menú, comprando, cocinando, poniendo la mesa con los platos buenos que solo saco cuando vienen visitas porque mi marido dice que los platos buenos son para las ocasiones especiales y yo nunca he tenido claro qué califica como ocasión especial si no es esto.
Esperaba a Simón y a Lorena. Nuestros amigos de siempre, de esos que llevan tanto tiempo en tu vida que ya no recuerdas exactamente cómo llegaron. Cenas, vacaciones, cumpleaños, todo mezclado en una amistad de pareja que funciona porque los cuatro nos caemos bien o eso creíamos.
Mi marido, Bruno, estaba en la ducha cuando llegaron. Siempre llega tarde a todo aunque esté en su propia casa, dato que después de doce años de matrimonio ya no me sorprende pero tampoco he dejado de anotarlo.
Abrí la puerta. Simón con una botella de vino tinto, Lorena con una sonrisa y un postre que olía bien.
La abracé.
Me devolvió el abrazo con esa familiaridad de siempre, ese contacto fácil de las amigas que llevan años. Nada raro. Nada distinto.
Todavía.
La cena transcurrió con normalidad durante la primera hora. Bruno bajó finalmente, saludó a todos con esa energía suya que llena la pieza aunque a veces te gustaría que no. Abrió el vino, sirvió, brindamos. Simón contó una anécdota del trabajo que ya habíamos escuchado pero que nos hacía reír igual. Lorena habló de su hija, del colegio, de las cosas que hablan las madres cuando se ven una vez al mes.
Yo cociné todo. El pastel de papa, el postre, la ensalada que nadie tocó. Serví los platos, llené las copas, recogí el pan que se cayó. Y mientras lo hacía, noté algo.
Simón me miraba distinto.
No era una mirada nueva. Era una mirada vieja, escondida, que salía a la superficie solo cuando Bruno no estaba mirando. Una mirada que yo había ignorado durante años porque era más fácil ignorarla que enfrentarla. Porque reconocerla significaba que algo había cambiado entre los cuatro y que yo lo había permitido.
Cuando Bruno fue a buscar otra botella a la cocina, Simón me tocó la mano por encima de la mesa. Rápido. Casi accidental. Pero no fue accidental.
Lorena no lo vio. O lo vio y decidió no verlo.
Esa noche, después de que se fueron, Bruno me preguntó si me había divertido. Le dije que sí. Me preguntó si Simón y Lorena estaban bien. Le dije que sí, que estaban bien.
Me preguntó si yo estaba bien.
Le dije que sí.
Y por primera vez en doce años de matrimonio, le mentí a mi marido con la misma facilidad con la que él me dice la verdad.
