**Capítulo 1**
Nadie te avisa.
No hay una señal en la frente, no hay una voz que te diga detente.
Al contrario. Llegan envueltas en algo que se parece tanto al amor que distinguirlas es casi imposible, sobre todo cuando tienes 26 años y nunca te habían mirado de esa manera.
Así llegó Gabriela a mi vida.
La conocí en una fiesta de un amigo en común. Hablamos cuatro horas seguidas sin darnos cuenta. Era de esas personas que te hacen sentir que eres lo más interesante del mundo, que cada cosa que dices merece atención, que el resto de la sala no existe.
Esa noche manejé a mi casa con una sensación en el pecho que no sabía bien cómo nombrar.
Los primeros meses fueron exactamente lo que uno imagina cuando piensa en el amor. Mensajes todo el día, noches largas hablando de todo, una intensidad que yo interpretaba como señal de que esto era distinto a todo lo anterior.
Y era distinto. Pero no de la forma que creía.
La primera vez que algo me incomodó lo ignoré. Era un comentario sobre cómo me había vestido para salir con mis amigos. Pequeño. Casi una broma.
Pero algo en mi estómago lo registró aunque mi cabeza decidiera no hacerle caso.
Ese fue mi primer error.
Y lo repetí durante cuatro años.
El primer año fue todo intensidad. Mensajes a las seis de la mañana, llamadas a medianoche, planes que se cancelaban porque ella quería verme ya, ahora, siempre. Yo lo interpreté como amor. Como pasión. Como la prueba de que había encontrado a alguien que me valoraba tanto que no podía estar sin mí.
El segundo año empezaron las preguntas. ¿Con quién estabas? ¿Por qué tardaste en responder? ¿Por qué te vestiste así? Pequeñas, envueltas en preocupación, dichas con un tono que hacía difícil distinguir entre cuidado y control.
El tercer año ya no eran preguntas. Eran afirmaciones. "No vas a salir con ellos." "No vas a usar eso." "No vas a volver tarde." Dichas con calma, sin gritar, sin amenazar. Como si fueran decisiones que yo misma había tomado y ella solo las recordaba.
Y yo las seguía. Porque era más fácil seguirlas que discutir. Porque discutir significaba que algo estaba mal y yo no estaba lista para admitir que algo estuviera mal.
El cuarto año me alejé de mis amigos. No de golpe. De a poco. Una cancelación aquí, un mensaje no respondido allá, una excusa repetida hasta que dejaron de invitar. Cuando me di cuenta, mi mundo tenía una sola persona en el centro.
Y esa persona me decía que yo era todo para ella.
Lo creí. O quise creerlo. Porque si no era amor lo que teníamos, entonces ¿qué era? ¿Y qué decía de mí que lo había confundido durante cuatro años?
La respuesta llegó un martes cualquiera, en una cafetería, cuando una amiga que no había visto en meses me miró y dijo, sin preámbulo: "Estás diferente. Estás más chica."
Más chica. Así lo dijo. Y así lo sentí.
Porque el amor que te achica no es amor. Es una jaula que se parece tanto a un abrazo que no la ves hasta que ya no cabe.
