**Capítulo 1**
No soy de las que creen en estas cosas. Eso quiero dejarlo claro antes de cualquier otra cosa.
Nunca fui a una vidente, nunca consulté el horóscopo en serio, nunca pensé que había algo más allá de lo que se puede ver y tocar. Era escéptica con orgullo, de esas personas que se ríen con educación cuando alguien habla de energías y presencias.
Hasta que murió mi mamá. No fue una muerte esperada aunque ella tuviera sesenta y ocho años. Fue un infarto un martes en la mañana mientras tomaba desayuno sola en su cocina.
La encontró la vecina al mediodía porque no había salido a regar las plantas como hacía siempre. Eso fue lo que más me golpeó. Que estuvo sola. Que lo último que vivió lo vivió sin nadie al lado.
Los primeros meses fueron lo que son siempre. Papeleo, trámites, gente en la casa, comida que llega sin pedirla, conversaciones que no quieres tener. Y después el silencio. El silencio que viene cuando todos vuelven a sus vidas y tú te quedas con el hueco.
Encontré a la médium en internet. Una página sencilla, sin exageraciones, con testimonios de gente común. Me dije que era curiosidad. Que no perdía nada. Que si resultaba ser una farsa al menos habría hecho algo con ese dolor en vez de dejarlo pudrirse solo.
Me convencí con bastante facilidad para ser alguien tan escéptica. Debí haberme preguntado por qué.
La sesión fue en su casa. Un departamento pequeño, perfumado a incienso, con cortinas gruesas y velas por todas partes. La médium era una mujer de unos sesenta años, baja, con manos enormes y una voz que no coincidía con su cuerpo. Grave, lenta, como si cada palabra le costara algo.
Me pidió que me sentara. Que cerrara los ojos. Que pensara en mi mamá.
Pensé en mi mamá.
Y entonces la médium dijo algo que me heló la sangre.
Dijo: "Ella no está sola."
Abrí los ojos. Le pregunté qué quería decir. Me dijo que cerrara los ojos otra vez, que no interrumpiera, que las cosas que iban a venir no eran fáciles pero que mi mamá quería que las escuchara.
Cerré los ojos.
Dijo que mi mamá estaba arrepentida de algo. De algo específico. Algo que tenía que ver con un objeto que yo todavía no había encontrado. Un cuaderno, dijo. Un cuaderno verde que estaba en un lugar que yo no había revisado.
Le pregunté dónde.
Me dijo que mi mamá me lo mostraría.
Salí de esa sesión con las manos temblando. No porque creyera en lo que había pasado. Sino porque, mientras la médium hablaba, había sentido algo. Algo en el pecho. Como una presión cálida, como una mano apretando suavemente. Y no era la médium. Era algo que reconocí aunque no quisiera reconocerlo.
Cuando llegué a la casa de mi mamá, que todavía no había podido vaciar, fui directa al clóset de su dormitorio. No sé por qué ahí. Algo me llevó. Y detrás de una pila de toallas, en el fondo, donde nadie habría mirado, encontré un cuaderno verde.
Lo abrí.
Era la letra de mi mamá. Página tras página. Cartas que nunca envió. A mí, a mi hermano, a su hermana, a gente que ya no existía. Cartas escritas durante años, todas empezando con "Querida" y terminando con "Perdona que no te diga esto en persona."
La última carta era para mí.
Decía: "Si estás leyendo esto, ya no estoy. Pero quiero que sepas que no estuve sola al final. Tu papá vino a buscarme. Y me llevó de la mano, como siempre. No tuve miedo. No estuve sola. Y tú tampoco lo estás, aunque creas que sí."
Cerré el cuaderno.
Y por primera vez en meses, dejé de sentir ese hueco.
No porque mi mamá estuviera. Sino porque, de alguna manera que no voy a intentar explicar, me quedé con la certeza de que nunca había dejado de estar.
