La primera vez que pasó, lo anoté en el celular.
No sé por qué lo anoté. Supongo que quería tener registro, como cuando uno empieza a sospechar que algo no está bien pero todavía no quiere decírselo en voz alta. 3:14 AM. Desperté. Rincón derecho. Nada.
Así decía la nota.
Había algo en ese rincón que no era visual. No era una sombra, no era un bulto, no era nada que pudiera fotografiar o señalar. Era más bien una presión en la mirada, como cuando uno siente que lo observan antes de saber desde dónde. Esa incomodidad específica que te hace girar la cabeza en el metro o en la calle.
Solo que yo estaba solo en mi departamento.
La segunda noche me desperté a las 3:14 de nuevo. Lo primero que hice fue mirar el rincón. Estaba oscuro, vacío, igual que siempre. Pero la sensación era más fuerte. Como si algo hubiera estado ahí hace dos segundos y se hubiera movido justo antes de que yo abriera los ojos.
Dejé la luz del baño prendida la tercera noche.
Me desperté a las 3:14.
Miré el rincón.
Con luz, con sombras definidas, con todo visible, la sensación era exactamente igual. Algo ahí. Algo mirando. Nada que ver.
Me senté en la cama un momento largo, respirando, diciéndome que era el estrés, que llevaba meses con demasiado trabajo, que el cerebro cansado fabrica cosas.
La cuarta noche instalé una cámara.
Una de esas pequeñas, de veinte dólares por internet, que se conectan al celular. La puse sobre el velador, apuntando al rincón derecho. Si algo se movía, la cámara lo registraría. Si no, al menos tendría prueba de que estaba volviéndome loco.
Me desperté a las 3:14. Miré el rincón. Nada. La sensación seguía ahí, firme, como una mano invisible presionando el aire. Agarré el celular y revisé la grabación.
Había cuatro horas de video. Nada se movió. Ni una sombra, ni un cambio de luz, ni un insecto. Pero a las 3:13:58, durante un frame, un solo frame, la cámara registró algo que no pude explicar.
Una forma. Borrosa, apenas visible, como si el aire mismo se hubiera espesado en ese rincón durante una fracción de segundo. No era una sombra. No era un reflejo. Era algo que estaba ahí y que la cámara capturó solo porque las cámaras no saben mentir ni mirar hacia otro lado.
Me quedé mirando ese frame hasta que salió el sol.
Y esa noche, por primera vez, no me desperté a las 3:14. Me desperté a las 3:13. Un minuto antes. Como si lo que estuviera ahí hubiera decidido que yo ya no necesitaba esperar.
