**Capítulo 1**
Me eligieron un sábado en una feria de adopción porque era el más tranquilo de la camada.
Error de concepto. No era tranquilo. Era estratégico.
Aprendí muy temprano que los gatos que maúllan mucho en las ferias se van a casas equivocadas. Yo observé, evalué, y cuando la niña — Renata, seis años, coletas, zapatillas con luces — me miró a los ojos, decidí que esa familia serviría.
Me llevaron en una caja de cartón que olía a pizza. Primer indicio del carácter de la familia.
La casa era de dos pisos, con un jardín pequeño al que nunca me dejaron salir del todo, y tres humanos permanentes. Carmen, la mamá, que olía a crema de manos y café. Felipe, el papá, que llegaba tarde y pisaba fuerte. Y Renata, que desde el primer día me trató como si fuera un peluche con autonomía propia.
Los primeros meses todo funcionaba dentro de lo normal para una familia humana, que es decir: con bastante ruido, poca lógica y una cantidad innecesaria de conversaciones sobre qué comer.
Pero yo observaba.
Es lo que hacemos los gatos. Observamos. Archivamos. No decimos nada porque no podemos, pero si pudiéramos hablar muchas familias tendrían problemas serios.
Esta es la historia de los doce años que viví con ellos. Con todo lo que vi y nadie supo que vi.
Los primeros tres años fueron fáciles. Renata me vestía con ropa de muñecas, yo me dejaba porque era niña y porque las niñas necesitan algo que amar. Carmen me daba comida de lata que no me gustaba pero que comía porque la alternativa era el jardín y el jardín tenía un perro vecino que me debía dinero. Felipe me ignoraba con una consistencia admirable, lo cual era perfecto porque los gatos preferimos ser ignorados que malinterpretados.
Pero el cuarto año algo cambió. Felipe empezó a llegar más tarde. Y cuando llegaba, no pisaba fuerte como antes. Pisaba despacio. Cuidadoso. Como intentando no despertar a alguien que no quería que estuviera despierto.
Carmen lo esperaba en la cocina. Siempre. Con la mesa puesta y una comida que se enfriaba. Y cuando él llegaba, no discutían. Se miraban. Un silencio largo, denso, que yo sentía desde el sillón donde supuestamente dormía. Un silencio que decía más que cualquier grito.
Después él se iba a dormir al sofá del living. Y ella se quedaba en la cocina, sola, mirando la comida que nadie había tocado.
Renata no se daba cuenta. Los niños no se dan cuenta hasta que es demasiado tarde para no darse cuenta, y cuando se dan cuenta ya no saben qué hacer con eso.
Yo sí me daba cuenta. Porque yo llevaba cuatro años observando y ya sabía distinguir los silencios de esa casa. El silencio de Renata durmiendo. El silencio de Carmen cocinando. El silencio de Felipe evitando. Y el silencio nuevo, el que apareció el cuarto año, que era el silencio de dos personas que todavía vivían juntas pero que ya no estaban juntas.
Los gatos no hablamos. Pero si pudiera, le habría dicho a Carmen que se fuera. Que el departamento del tercer piso que miraba por la ventana tenía luz buena y una mujer sola que la habría tratado mejor. Le habría dicho a Felipe que sus zapatos delataban todo, que el perfume de otra persona no se quita con jabón, que los gatos lo sabíamos porque lo oíamos en su ropa cuando nos acariciaba.
Y le habría dicho a Renata que no era su culpa. Que ninguna de las noches que vinieron después iba a ser su culpa.
Pero no hablo. Solo observo. Y esta es la única manera que tengo de contar lo que vi.
