**Capítulo 1**
Esa noche salí a pasear a Canelo como siempre, después de las once, cuando el calor del día por fin afloja un poco. Vivimos lejos del pueblo. Campo abierto, cerros al fondo, y un cielo tan limpio que a veces da cosa mirarlo mucho rato. Mi mamá dice que el campo te enseña a estar sola sin sentirte sola. Yo le creo, la mayoría de las veces. Canelo iba adelante, como siempre, olisqueando los bordes del camino de tierra. Llevábamos como diez minutos caminando cuando se detuvo.
No gruñó. No ladró. Se sentó. Eso fue lo primero que me pareció raro, porque Canelo ladra hasta a las vacas del vecino. Le ladra al viento si viene de un lado que no le gusta. Pero ahí estaba, sentado en la mitad del camino, con la cola moviéndose despacito, como cuando ve a alguien conocido.
Levanté la vista hacia donde él miraba. Al principio pensé que era una estrella. Después pensé que era un avión. Después dejé de pensar y me quedé quieta también, porque lo que estaba viendo no era ninguna de las dos cosas. Era una luz. Blanca, casi azulada. Flotando sobre el potrero de don Aurelio, a unos doscientos metros, sin sonido, sin movimiento brusco. Solo ahí. Quieta. Como si llevara rato esperando que alguien la mirara.
Me helé. No del frío, porque la noche estaba tibia. Me helé por dentro, de ese modo que te avisa que algo no está bien, que algo está completamente fuera de lugar y que tu cuerpo lo sabe antes que tu cabeza. Quise llamar a Canelo para volvernos. Pero él no se movió. Seguía mirando la luz con esa calma extraña, y yo me quedé paralizada, sin entender por qué el miedo no me hacía correr.
La luz parpadeó una vez. Canelo movió la cola más rápido. Y yo, en vez de irme, di un paso hacia adelante.
Hasta hoy no sé bien por qué lo hice.
